Letra Pequeña
María Thereza Negreiros (Casa Proartes) - Crónica (Art-Nexus 2019)

La selva es un santuario en cuyo seno rebosa el misterio y una grandeza mística inconcebible para el hombre. Imposible de ser representada en todas sus dimensiones, la naturaleza selvática es invocada por María Thereza Negreiros (Maués, 1930) en insinuaciones de sentido en las que el color fluye entre los lienzos, accidentado y líquido, siempre generando la sensación de movimiento. Este movimiento natural puede ser a nivel molecular como también de grandes extensiones de tierras y plantas. En “Los Colores de la Selva” expone pinturas características donde resaltan sus cualidades de colorista ligadas a imponentes fenómenos naturales de magnitudes desbordadas. Estos fenómenos correspondientes a florecimientos, ígapos y correntezas se convierten en acontecimientos sin testigo, un eco de lo selvático que mueve sus fuerzas inconteniblemente y cuyas resonancias son traducidas pictóricamente por la artista que lejos de representar o aludir a estos fenómenos, los compone con precisión ambigua, gracias también al deseo que se despierta en los espectadores de ser testigo y concebir dichas fuerzas naturales.

 

María Thereza Negreiros eleva su mirada sobre el paisaje para evocar desde arriba las grandes masas de vegetación y caos en continuo movimiento. Sin embargo al extender estos territorios se pierde toda representación figurativa de la selva, y la imagen resultante análoga a las vistas satelitales o fotografías aéreas, evidencia desde lo abstracto la continuidad del flujo natural, que desde la célula, el cuerpo y la tierra se transforma constantemente según fuerzas superiores, que por siglos se han tenido como divinas.

 

La exhibición cuenta con dos salas, empezando el recorrido con una serie llamada “Selva Florida” en donde diversifica la paleta verde y azul, para involucrar colores como el rojo, el fucsia, y el amarillo, subiendo también la saturación y la intensidad de la composición. Estos cuadros de toques más gruesos y rápidos aluden al ritual copulativo de florecimiento, en donde los verdes intentan mezclarse con los cálidos, pero estos se han alzado ya hacía un mundo de sensual vulnerabilidad. Las flores copulan, estallan y casi que se puede ver cierto “clímax” de la polinización. En esta serie de piezas la riqueza del color recuerda la gran variedad de aves y de plantas propias de la amazonia cuyo despliegue cromático puede dar cuenta del paraíso en la tierra.

 

En la segunda sala se exhiben las piezas correspondientes a las series Ígapos, Anavilhanas y Correntezas. Ígapo se refiere a la selva inundada, desbordada de agua hasta la copa de los árboles que sobreviven altivos y dignos, como torres que cimientan el paso lento de las canoas. Por medio de veladuras azules y una amplia gama de verdes la artista apela a la mágica quietud de estos terrenos donde la tierra firme ha sido tragada por los lagos y los ríos. Por otro lado, contrastando con la paz de los Ígapos, análoga a la de un santuario, la maestra da cuenta de las Correntezas o fuertes corrientes de agua que arrastran tierra y vegetación, en un violento movimiento natural que resquebraja el verdor modificando los limites hidrográficos, lo cual crea una reflexión en torno a la conexión vital que hay entre materias, el equilibrio sustancial y el movimiento que lo cobija todo.

 

Todas estas composiciones giran en torno a lo natural como lugar santo, los cuadros evocan la divinidad más allá de formas y paisajes, como si mostraran el aura o los vapores de estos lugares inabarcables que hoy se encuentran amenazados por las explotaciones mineras, agrícolas, la caza y la devastación humana. El equilibrio natural de estos ecosistemas es frágil y delicado pese a la extensión y fuerza de sus fenómenos, las especies vegetales y animales han desarrollado una simbiosis única de correspondencia entre clima, condiciones y recursos; Negreiros da cuenta de esta sincronía natural, de estas conexiones orgánicas que fluyen con vibración liquida. Anavilhana es un lugar sin parangón ya que es el archipiélago fluvial más extenso del mundo, compuesto por más de 400 islas en el Rio Negro, en la Amazonia. Una gran cantidad de islas permanecen sumergidas en temporadas de aguas altas, generando con ello los bosques flotantes.

 

Las pinturas de María Thereza Negreiros surgen gracias a la relación directa con estos ecosistemas, son como el testimonio de alguien que ha quedado impresionado y no puede comunicar con palabras o figuras la majestuosidad del ambiente natural que ha vivenciado. La artista es sensible al equilibrio natural y por ello sus cuadros trascienden la forma, mostrando más bien la lucha entre colores, flujos y planos que se destruyen casi que en espirales, donde todo termina donde empieza. Todo ello da la sensación de que, aún después de estar plasmados en el lienzo, los pigmentos se mueven cuando se le da la espalda al cuadro. Una magia atrapada entre los contrastes sutiles y fuertes de un caos que parece espontaneo, pero que en realidad se trata de maestría e intuición compositiva. Por tal razón “Los Colores de la Selva” son realmente los colores del aura selvática, de su divinidad y su misterio.

 

Breyner Huertas.