Letra Pequeña
Luz Ángela Lizarazo (Galería Jenny Vilá) - Crónica (Art-Nexus 2019)

Estamos en el mundo intermedio. En el mundo que fue creado por unos dioses y que será sobrevivido por otros. Somos una especie que imagina lo divino, que proyecta unos seres que nos precedieron (por lo general encarnados en los astros) y cuya creación se basa en las preguntas que nos hacemos sobre el universo (cosmogonías). Mundo intermedio, mundo del intersticio, del lapso, del pensamiento y de la especulación; Luz Ángela Lizarazo (Bogotá, 1966) trabaja precisamente en este espacio, el de las zonas grises de aquello que intentó dar una respuesta sobre los orígenes (o sobre aquello que está entre lugares, como los jardines y las celosías).

 

De esta manera, la exposición en la Galería Jenny Vilá tiene como nombre El mundo intermedio, en palabras de la artista: una interpretación - muy - personal de mitos indígenas colombianos (aunque los límites geopolíticos de un territorio llamado Colombia no encierren la potencialidad de aquellos relatos). Una serie de dibujos cuyo punto de partida es el Ø MITO U’WA, es decir, el principio del mundo según los Tunebos: Al principio, el universo estaba conformado por dos esferas: un mundo de arriba de luz cálida y seca y un mundo de debajo de oscuridad húmeda y vacío. Vino después el movimiento y los mundos de abajo y de arriba se mezclaron, y como resultado de esta mezcla surgió el mundo intermedio…

 

A diferencia de la concepción católica, estas esferas no plantean una relación maniqueísta del bien y el mal; por el contrario plantean la hibridación de los valores y sobretodo la búsqueda de la fuente originaria del orden natural. Es así que la esfera superior (blanda) es de color blanca y de donde proviene el agua, y la esfera inferior es roja en relación a la fertilidad. Si bien la complejidad de esta cosmogonía la abordamos como extraños, como agentes que no pertenecemos a dicho sistema de creencias y la misma verbalización del mito, en nuestros términos, lo simplifica. En este sentido el trabajo de Luz Ángela Lizarazo logra dar un paso más allá de una interpretación o traducción porque escenifica y plantea las posibilidades de este mito en función de su propia carga ideológica. Ya que el trabajo de la artista es altamente sensible a las diferencias, intenta colocarse entre sus propias circunstancias y desenlazar nuevas coordenadas a partir del relato. Estas podrían leerse bajo intereses como la feminidad, la vida y algunos conceptos que también están presentes en otros proyectos como el poder, la intimidad y la hibridación.

 

La creación de los astros (I y II), La creación de la luz, Chiminigagüa, sobre la creación de la luz (mito Muisca), La boa de los nombres, Universo y La noche de la hormiga (obras del 2019), hacen parte de la serie de dibujos para la muestra en la vitrina de la galería. Sin embargo hay algo fallido detrás de la exposición; un accidente, algo que se quebró y que no está. Dicha ausencia termina por dirigir un sentido oculto en la exhibición y es la fragilidad implícita en todos los niveles: la condición oral de lo que se propaga como creencia, el lenguaje, la vida, el equilibrio natural… una cerámica, que era una serpiente enrollada que terminaba con un coxis humano y que formaba una gran vasija, se quebró al salir del horno. Se quebró como la espiral histórica que nos conectaba con la tierra y que parece perdida en estos tiempos. Otro objeto toma su lugar, una montaña acostada, una cerámica que tiene la forma de una montaña del desierto de la Tatacoa, en cuya base podemos ver una mujer con la luna y el sol, con animales (de poder), escenificando cómo las esferas divinas se juntan. Se hibridan.

 

Encuentro interesante la noción de hibridación en el trabajo de Luz Ángela, como noción poética que alude a las posibilidades de vida que se originan en una danza donde los seres pierden sus contornos (o en el movimiento, que es el agente dador de vida en el mito Uwa). La unión de los contrarios es en sí misma la paradoja de los mitos que la razón dialéctica se empeña en superar.

 

De esta manera, poder y fragilidad pueden habitar el mismo cuerpo (como en la cerámica quebrada o en la montaña acostada), miedo y tranquilidad..., y así con otros valores. Debo anotar que el hecho de leer la obra de Lizarazo en modo dialéctico demuestra en sí mismo el problema del pensamiento. El intento por escribir sobre una obra que nos muestra posibles imágenes y danzas del mito, encuentra el germen de lo mitológico que es la capacidad de sincretizar los cuerpos bajo una energía que lleva de la mujer al río, del insecto al sol, de la luz al árbol. No habrían palabras, sino el dibujo mismo. Lo que es bastante consecuente con las propiedades míticas, es decir, cuando las letras no eran letras sino grafías y las inscripciones originarias tenían la forma de la naturaleza.

 

Esta grafía implícita da cuenta de la condición oral del relato; oralidad que colinda con una poesía que quizá podríamos sentir entre los dibujos como flotante y ausente. Aún no escrita, porque la escritura primigenia era la mnemotecnia. Este relato que une los nodos contrarios es el mismo que mezcla las figuras, híbridos momentos de un ritual factible. Dicha factibilidad está dada en tanto la artista hace parte de la humanidad que se pregunta por sus orígenes, por la vida, la naturaleza y por su propia condición inmersa en este momento específico de la historia. Todo ello en un efecto embudo que desemboca en los dibujos y una montaña acostada que no se erige como centro y falo sino que se tumba como flujo, cuestionando una vez más el arriba y el abajo del mundo.

 

Breyner Huertas.