Letra Pequeña
Gabriel Silva (Museo Rayo) - Crónica (Art-Nexus 2018)

Una serie de paisajes de gran formato conforman la serie Cosmografías del artista Gabriel Silva, expuesta en el Museo Rayo. Estos paisajes se abren en el cuadro desde un punto de vista total, un panóptico celestial en el que el artista y el espectador todo lo pueden ver, pueden ser testigos de lo que parecen explosiones estelares (que son en definitiva explosiones de color) hasta de los pequeños acontecimientos de unos personajes aun sin historia. El plano abierto de sus paisajes brinda a la mirada una invitación a entrar en el cuadro y evidencia un tipo de observación narrativa, la de un creador que dispone y decide sobre el destino de sus universos y las figuras en el plano. En las obras de Silva se puede sentir aquella pulsión del escritor de relatos fantásticos, un impulso que conecta cada particular (los rostros y los personajes) con las topografías imaginarias y las galaxias de los cuadros (incluso sus temas se salen al mundo real por medio de esculturas y jardines, que si bien no hay de ello en la muestra, hacen parte del mismo proceso).

 

Se puede pensar que los paisajes son escenas, escenarios dispuestos para  muchos desenlaces. Silva ha manifestado, en una entrevista, que uno de los principales retos para asumir la pintura, “una lucha como artista”, fue deshacerse de la figura humana y enfocarse principalmente en lo que pasaba detrás. Con esta declaración da una pista muy importante para reflexionar sobre su arte, y es que los fondos actúan como motivos centrales, temas y no decorados; lo que quiere decir que sus escenarios condicionan las figuras, que el contexto onírico de la totalidad del cuadro incide sobre cada trazo, trazo que se puede convertir en criatura, fuente de luz, fluidos topográficos, estrellas, plantas o estructuras.

 

Miguel González, curador de la exposición, señala el uso del accidente controlado, la explosión de color, la figuración minuciosa y el cromatismo vigoroso, dando a entender que los fenómenos pictóricos suscitan la sensación de transformación permanente como si estos universos se movieran cuando nadie los ve y tuvieran su propia vida. Lo cual es muy acertado si se tiene en cuenta el carácter narrativo de la serie. Una historia, sea un cuento o una novela, plantea los límites de su propio universo, condiciona sus personajes y manipula el tiempo bajo lógicas internas. Todo se mueve dentro su universo. En este caso, cada pintura fija un momento. Y las sombras se congelan ante luces arbitrarias, la naturaleza revela su absurdo y de nuevo el punto de vista privilegiado abarca de alguna manera las lógicas internas.

 

No se pueden explicar estas pinturas; se puede especular sobre el accionar interpretativo ante las obras, pero aun así es más vital abordarlas por la impresión fantástica que generan. Esta serie se podría enmarcar con una tradición histórica de escenas, escenas de campesinos, cuadros de refranes, pinturas religiosas donde se ve el infierno y el paraíso, mitológicas e incluso indigenistas. Todo esto, quizá, porque sugiere (o demanda) un relato. Hay una gama de arquetipos interactuando en sus cuadros: los que parecen centauros, los que parecen gigantes, recolectores, cazadores, etc.,… y, sin embargo, no se puede definir qué es lo que son porque están en función de una cosmografía pictórica (un detrás de) donde la mancha, algunos degradados tonales, derrames de color y veladuras los delimitan.

 

Hay diversos tipos de acercamiento en las pinturas. Unos que muestran todo un paisaje lleno de conflictos, otros que muestran de cerca algunas figuras como sumergidas en los bosques y los que se centran en un solo acontecimiento (aunque seguramente en el fondo estén pasando más cosas). Por otro lado están los cuadros que parecen incidentes cósmicos, sin escala definida pero seguramente fenómenos magníficos. Por último están los retratos, de pequeña escala, que completan la exposición y reafirman la necesidad de relato o más bien la ausencia narrativa. Cosmografías quizá plantea una paradoja: incita al pensamiento fantástico y narrativo, pero carece de relato; lo cual potencializa las posibilidades de los cuadros.

 

Es tan radical la postura artística de Silva, ante esta condición doble de narrativa y no-relato, que ninguno de sus cuadros tiene título, todos están abiertos bajo un “sin título” que desvía cualquier intención connotativa y coloca en primer en plano lo que en últimas es lo que importa: la pintura. De esta forma, entonces, los paisajes no se abren del todo ante la mirada, como se reflexionó al principio de la crónica, sino más bien que se cierran, se puede mirar pero no se puede saber. La imagen está fija y con ello el relato, y bueno ¿Quién entiende un relato con tan solo mirar una sola página de este?

 

Breyner Huertas