Letra Pequeña
Edinsón Quiñonez (Casa Proartes) - Crónica (Art-Nexus 2013)

Con la promesa de una memoria permanente el artista Édinson Quiñones (La Plata, Huila. 1982) expone por primera vez individualmente en Cali una serie de obras que calcan su experiencia de vida aparentemente bajo ninguna mediación estética. Memoria Permanente es el nombre de esta exhibición, en la cual el artista muestra algunas de sus piezas más polémicas dónde es la vida misma la que ha producido toda una serie de marcas bajo el deseo de hacerlas indelebles. Este crudo activismo le ha llevado a diversos escenarios en los que actualmente se destacan Colomborama en el Musset Stenerse en Oslo y Cocayán en la galería Valenzuela y Klenner.

 

La serie de objetos que tienen que ver con la cárcel municipal de Popayán expuestos en Casa Proartes, hablan de la ociosidad vaporosa entre rejas. Las fotografías incrustadas en la pared de la sala son vestigios del insoportable peso del tiempo muerto. Estas muestras pertenecen a un orden sobre-estético, una producción donde texto y figura se fusionan en pequeños ideogramas. Manos anónimas que iluminan las paredes de la cárcel y crean verdaderas ventanas hacía el mundo exterior que reposa en la cabeza como promesa y grafía. Estas fotos funcionan como umbrales ya que la misma instalación de las piezas da cuenta de la violencia metafórica del artista, pues raspa la pared hasta el repello para meterlas, enmarcándolas con vidrio después de haber violentado el muro. Por otra parte expone un poster con una imagen de la cárcel y una reja original emplazada en la mitad de la sala, piezas que no buscan sino calcar el espacio de confinamiento, espacio  ya reproducido y vagamente estilizado. En el poster está consignado el grito de guerra: Memoria Permanente. Paradójico estado de suspensión y aislamiento que le puede llevar a un impasse, ya que más que un testimonio documental es una intención emocional sesgada por algunos hechos y potencializada gracias a la intervención del juego.

 

La carga emocional de las obras de Quiñones trasciende el simple testimonio de una víctima directa del conflicto colombiano, como un individuo que ha estado en diversos problemas de índole social como la delincuencia y el cultivo de coca es la subjetividad la que le ha llevado a recoger todos los vestigios necesarios para crear metáforas y empezar a erigir una obra que, aunque posee muchos altibajos, ha logrado posicionarse en el campo del arte quizá gracias a la espontaneidad de sus gestos. Vale la pena anotar que el valor de la obra no radica en el hecho de que el artista fue raspachín, presidiario o ciertamente víctima. En otras palabras no hay que tener una experiencia tan directa para hablar del tema. En Happiness, una película de Todd Solondz (1998), Helen Jordan (Lara Flynn Boyle) llora y lamenta profundamente el hecho de que no fue violada en su infancia y por ello nunca será una buena escritora. No se debe confundir experiencias traumáticas con talento artístico.

 

Están presentes en la exposición piezas que componen la serie Trabajos con las uñas paisajes escamosos, fotografías donde muñequitos esquían en nieve colombiana, donde la cocaína es el paisaje; muñecos de plástico y cuadros cotidianos en los que el alcaloide compone toda la escenografía y cae en primer plano aquello que todos quisieran dejar en el olvido. Esta operación está presente en Quiñones al punto de que su obra ha sido calificada de insoportable por el mismo hecho de mostrar aquello que nadie quiere ver. Es el caso de la obra realizada en el Octavo Festival de Performance de Cali, “La herida sana y la cicatriz queda” en el cual se arranca el tatuaje del dios de la coca en un gesto donde el dolor hace parte de un ritual de iniciación, donde también el registro va más allá de la foto ya que el cuerpo del artista se convierte en el documento de múltiples vivencias que dejan marca y van materializando una subjetividad dispuesta a no olvidar.

 

La obra “Entre polvo y piel” es quizá uno de los performances más interesantes en la historia del arte Colombiano. Salvaguardándolo de su propia obviedad es un happening que sucede en un no-lugar, un paisaje de la ilegalidad donde invitados y artista interactúan abiertamente aspirando la droga “maldita” e incluso dibujando con ella sobre el vidrio. Este hecho trasciende las lecturas obvias en torno a la mujer y al narcotráfico pues el cristal, que está emplazado entre el polvo y la piel, es realmente el objeto central de la obra. Una vez más como en las fotos emplazadas, se trata de un umbral y de la promesa de un lugar más allá (la traba, el rito, el orgasmo).

 

Estos registros de los performances están acompañados de fotografías de cultivos de coca y de raspachines que a nivel formal son obras que terminan por restarle fuerza a la exposición, lo mismo sucede con el emplazamiento de un proyector de diapositivas y unos visores con dibujos hechos sobre hojas de la mata “sagrada” que no logran materializar una intención conceptual. En este sentido vale la pena reconocer en Quiñones a un artista del gesto cuya espontaneidad es incluso más fuerte que sus planteamientos formales, en un arte que pretende excluir la belleza pero que da paso a la metáfora y sobre todo a la crudeza a la que puede llegar el arte contemporáneo.

 

 

Breyner Huertas.