Letra Pequeña
Diego Hernández (Casa Proartes) - Crónica (Art-Nexus 2017)

El dibujo hace mucho tiempo superó su condición netamente bidimensional. Quizá se podría pensar que nunca fue simplemente la acción de traducir lo tridimensional hacía otro plano más elemental, lo que sería una  visión mecánica y simple acerca del dibujo. Más bien, hay diversos fenómenos importantes que vale la pena señalar, entre ellos un gesto que viene implícito en él y que consiste en el impulso de transformación que se encarna en el dibujante, un deseo de ser otro creando con sus manos un reflejo en el papel (o en cualquier otra superficie); una circunstancia que resalta lo humano de esta acción que parece ser muy natural.

 

Diego Hernández, en la exposición Nos van dejando las cosas curada por Miguel González en Casa Proartes, plantea un juego: introduce su propio retrato en dibujos que reproducen fotografías antiguas. Dibuja la foto exactamente igual a la original copiando incluso los accidentes del papel y del material, los vacíos, los rayones y los desenfoques; se inserta como personaje en medio de las escenas como si deseara de alguna forma haber vivido ese momento, por medio del dibujo. Un gesto que pretende que el artista se vuelva testigo y que por medio de algún tipo de magia se transporte hacía el pasado, hacía el momento y el lugar de la foto para interpretar con su presencia el momento histórico: una perspectiva dislocada.

 

Nos van dejando las cosas es una exhibición en la que Hernández va estirando la noción de dibujo por medio de experimentos, saliendo y entrando del plano, alejándose hasta el paisaje o acercándose hasta el polvo de grafito, materia constitutiva de la imagen. La muestra se compone de dos salas. En el primer piso se encuentra la serie Variables (2017), que consiste en 5 cajitas numeradas que contienen fotografías de diferentes escenas de la vida de diversos hombres, desde la niñez al matrimonio; cada cajita y cada foto posee su copia en dibujo, su reflejo distorsionado: el rostro del personaje anónimo ha sido reemplazado por el del artista. En estas cajitas el efecto es un poco perturbador porque integra la imagen de Hernández a otra época y quienes le conocemos sentimos una especie de extrañamiento, una duda que tiene que ver con la exactitud del dibujo y la mentira atrapada. En esta sala se encuentra también una gran mesa que no tiene título y que podría corresponder al enlace entre la libertad poética del arte y la condición documental del material, es decir, una mesa que mantiene el peso histórico de los elementos que se muestran en ella, como por ejemplo notas al reverso de las fotos encontradas, manuscritos, fotos antiguas de ciudades, documentos, entre otros. Esta sala concluye con el dibujo en gran formato llamado 9 de mayo de 1939  (2017), que es el registro de un paisaje en pequeña escala que está fechado en la parte de atrás de la misma manera, cuyo original está exhibido en el piso superior.

 

La segunda sala tiene un montaje espacioso y con mucho aire que permite que los paisajes dibujados hagan una especie de puntuación o acento en el lugar. Hay un díptico conformado por dos obras llamadas Humo I y Humo II (2017), en donde una montaña humeante se repite como copia-de-la-copia en sentidos opuestos. La montaña sin embargo es una acumulación de polvo de grafito y resina dentro del marco y el humo se ve exactamente igual a como se ve en una foto en blanco y negro. Es importante señalar la sutileza del engaño y lo que de lejos parece bidimensional de cerca cobra volumen: el negro absorbente del polvo sale del plano y se riega hacía afuera y con este efecto se logra también que el humo, siendo bidimensional, parezca salir también del papel. Lo único que traiciona esta secuencia es la quietud inquebrantable de un marco de madera y vidrio.

 

Por último, en esta segunda sala, hay una escultura hecha en su totalidad de polvo de grafito y resina (Sin título, 2017); la cual parece un pequeño fragmento de alguna topografía natural, una montaña de carbón, negra y contenida en una base de madera. Esta escultura, siendo tan pequeña (20,5 cm X 10 cm X 8,5 cm), termina por dar sentido a toda la muestra, ya que el polvo acá contenido es el ripio de los dibujos realizados por el artista, el material sobrante de la imagen consignada en el papel.

 

Un proceso fuertemente subjetivo en torno al dibujo se completa en la exhibición. Primero que todo, Diego Hernández se introduce como personaje en sus dibujos, así mismo saca de ellos sus condiciones documentales entrando y saliendo del plano, como si estuviera entre la memoria y la alucinación; posteriormente se puede notar una intención contemplativa ante lo que no se puede memorizar, la experiencia placentera ante el paisaje inabarcable que demanda presencia y que muy difícilmente una fotografía puede suplir. Esta contemplación se explora desde el juego con la escala así como con la re significación del material: el polvo ya no debe estar en el plano, el polvo en sí mismo es un objeto, la partícula de la montaña.

 

Breyner Huertas.