Letra Pequeña
Ana María Rueda (Galería Jenny Vilá) - Crónica (Art-Nexus 2019)

En su serie de conferencias Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino inicia su recorrido con la oposición levedad-peso para argumentar que la literatura, y su propio lenguaje, ha desarrollado una operación que consiste en sustraer peso y pensar lo leve (lightness) como un valor que condicionará la reflexión y la producción poética del nuevo milenio. Estas conferencias fueron leídas en 1985 y hoy en día encontramos grandes coincidencias, casi proféticas, con el devenir cultural y tecnológico, así como con las numerosas transformaciones que ha experimentado el arte contemporáneo.

 

La levedad es una sensación inevitable cuando recorremos Visible/Invisible, la exposición de Ana María Rueda (Ibagué, 1954) en la Galería Jenny Vilá, en donde se reúnen una serie de trabajos en los que la sustracción de elementos, el ocultamiento y la sugerencia sutil de fenómenos naturales dirigen nuestra mirada hacía lo que no está y hacía lo que aparece. Para llegar a este momento de su obra, la artista ha experimentado un sin número de procesos que van desde lo fotográfico (luz) y lo pictórico (materia) hacía el uso del espacio como un lugar para captar percepciones específicas, frágiles o silenciosas. Una instalación para la sensibilidad de algo que va más allá de los objetos, como por ejemplo la huella o el eco de quemas y heridas de los árboles (Bosque sin sombra, NC-Arte 2013), o en este caso la reciprocidad del mostrar con el ocultar.

 

Toda la exposición en la galería se transforma en una sola instalación debido a que sentimos que las obras se conectan de una manera que no es semántica (no hay un curador que plantee una línea discursiva). La instalación proyecta las piezas como un todo para ser recorrida y habitada. En términos de Boris Groys, el espacio adquiere otra sensibilidad dictaminada de manera absoluta por el artista. En Visible/Invisible somos transeúntes que pasamos entre fantasmas, lo cual no es un juego de palabras si tenemos en cuenta la forma en que las pinturas están colgadas: de un solo punto de agarre se recogen como capullos o se envuelven como pieles, encerrando un vacío y mostrando un poco de su reverso, aunque no se pueda hablar de lados o caras en ellas. Las series (Del relato (Pinturas en blanco y negro), 2018; y De la figura (Pinturas a color), 2017-2018) desafían en gran medida nuestra relación con lo pictórico. Las telas que se suspenden del techo parecen abrazar un algo que no podemos ver, una materia que existe y que no necesita de nuestra mirada; una materia autónoma producto de un proceso secreto o íntimo y que susurra ciertas palabras que están escritas en la tela (luz blanca, luz azul).

 

Este secreto está presente en todas las obras exhibidas, por ejemplo cuando interviene con dibujo una serie de fotos creando sombras y texturas en imágenes que se vuelven improbables pero que poseen un ritmo armónico que disimula dicho proceso (Del eco, 2018). La fotografía, que es una huella de la luz, no parece retocada y las formas que vemos en ella adquieren su propia lógica; todo ello gracias a un movimiento sugerido por las sombras.

 

Volviendo a Calvino, recordemos que él plantea 3 circunstancias esenciales de lo leve: un aligeramiento del lenguaje, un alto grado de abstracción y una imagen sutil que asuma un valor emblemático; y dichas circunstancias parecen ser el statement de la exposición: un aligeramiento de los elementos semánticos (poca retórica); abstracción en cuanto hay materia oculta, procesos secretos y la tendencia a una fragmentación que encierra una contradicción: la suma de las partes no genera un todo porque quizás no hay un todo en la naturaleza que Ana María nos quiere sugerir (Como por ejemplo en la serie Un jardín propio, 2018) . Finalmente, podría pensar que un valor emblemático de estas pinturas es el hecho de que no nos enfrentan ni nos encaran, sino más bien que se recogen y nos expulsan de ese mundo que creemos que nos pertenece cuando una imagen se nos ofrece abierta. Este gesto sutil (un solo punto de agarre para la tela) manifiesta la complejidad de la instalación, de aquel ambiente no estructurado que apela directamente a la sensibilidad y la sospecha.

 

Visitar la muestra es experimentar una coreografía que nos hace transeúntes junto a fantasmas. Ya Carolina Ponce de León había identificado, en el texto La intimidad de lo imperceptible, dicha relación rítmica del espectador frente a las pinturas cuando afirma que “…esas dinámicas de la observación se vuelven parte de una coreografía libre que entrelaza el otro – el espectador – y las obras. Son en cuanto se caminan, se rodean, se exploran.” Caminamos esperando la aparición de aquello que se nos oculta y luego terminamos encontrando más ocultamiento, porque quizá lo que se nos muestra no es más que el reverso de una naturaleza que no debemos mirar, si mirar implica desplegar nuestras herramientas de sistematizar y medir, de controlar y capturar el momento y la aparición.

 

Breyner Huertas.